Esta semana Rayuela cumple 50 años de su publicación.
En un hecho inédito, por primera vez en 80 años, la mujer que inspiró a
uno de los personajes literarios más famosos concedió una entrevista:
La Maga, protagonista de Rayuela, la novela escrita por el argentino
Julio Cortázar (1914-1984).
El
diario argentino La Nación logró entrevistar a Edith Aron, quien desde
su casa en Londres, contó su íntima historia e incluso mostró cartas que
Cortázar le escribió y que no habían sido leídas por nadie más que
ellos.
Edith Aron: La Maga de Julio Cortázar
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo
por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz
de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las
formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces
andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro,
inclinada sobre el agua.
(Rayuela, de Julio Cortázar, 1963)
Ya no es la rue de Seine ni el Pont des Arts, sino un pequeño
departamento en el elegantísimo barrio londinense de St. John?s Wood, a
pocos metros de la Abbey Road que hicieron famosa los Beatles y cerca
del magnífico Zoológico de la ciudad. Pero la Maga sigue siendo la
misma. Sí, porque la musa de Cortázar, la misteriosa protagonista
femenina que deambula por Rayuela, el personaje más famoso de su libro
más famoso y con el cual le rompió el corazón a sus lectores existió y
existe. Y es Edith Aron, una encantadora señora de 80 años que vive en
el más completo anonimato, escribiendo en las madrugadas silenciosas,
entre las cartas y recuerdos del hombre que la inmortalizó para la
literatura.
"Una sola vez, cuando en el almacén cercano a mi
casa una chica mexicana me dijo que era una gran admiradora de Cortázar y
que la Maga era su ideal, como era tan simpática pensé en decirle quién
era yo. Pero no lo hice. No es un tema del que me guste hablar, no lo
necesito y, además, a los ingleses nunca les interesó. Pero ahora?
bueno, digamos que soy una señora mayor. Quizá no esté para el próximo
aniversario de Cortázar", aclara suspirando.
Buscada
Cortázar dejó grabada la imagen de la Maga a los veintipico de años, con
medias negras y zapatos colorados, fumando Gitanes y con el pelo
despeinado. En 1963, en pleno furor de Rayuela, "todas las muchachas de
la Facultad querían ser la Maga" recuerda Julio Ortega, editor de la
edición crítica francesa de Rayuela y profesor de literatura de la
Universidad de Brown; y todos los hombres querían buscar su Maga, la
fantasía masculina de la mujer enigmática que se relaciona con las
fuerzas más intuitivas con una sabiduría inocente".
Hoy, los
amigos de Aron siguen fascinados por ella y la describen como una
extraña belleza, alta e imponente, de nariz aguileña, ojos brillantes
que miran muy fijo y el pelo corto color azabache.
"Nadie me da
mi edad, ¿sabe?", aclara con evidente coquetería y un dejo de acento
alemán en su castellano bien porteño, y en el cual se le escapa cada
tanto un macanudo.
"¿Qué me vio Cortázar? No sé, ¡yo era simplemente una chica buena y agradable!", aclara risueña.
Edith Aron nació en el Sarre, una región en el límite entre Francia y
Alemania, "que de no haber sido lamentablemente anexada por los alemanes
hoy sería un pequeño país independiente como Luxemburgo", explica.
De familia judía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró con sus padres a la Argentina, donde ya tenían parientes.
"Fui al Colegio Pestalozzi, a cuyos profesores les voy a estar por
siempre agradecida. Me permitieron mantener una identidad alemana como
la de ellos, profundamente distanciada de la política e ideología nazi."
En un barco de vuelta a Europa, en 1950 y con 23 años, conoció a Cortázar.
"Yo estaba en tercera clase, no pasaba nada demasiado interesante y, de
pronto, vi a un muchacho tocar tangos en el piano. Una chica italiana
con la que compartía la cabina me dijo que me miraba y que como era tan
lindo, por qué no iba a invitarlo a nuestra mesa. Pero estábamos
sentadas con gente muy rara, el mozo era muy viejo y no me animé."
Al poco tiempo, ya en París, entrando en una librería, Edith vio una cara conocida.
"Cortázar me reconoció también, e intercambiamos unas palabras. Nos
volvimos a cruzar en el cine, viendo Juana de Arco. Luego, en los
Jardines de Luxemburgo. El estaba muy influido por los surrealistas, que
creían que las coincidencias eran algo importante, así que me invitó a
tomar algo, me leyó un poemita y hablamos de amigos comunes en Buenos
Aires."
"Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños
del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que
sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era
lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas
precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que
aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."
(Rayuela, de Julio Cortázar, 1963)
Claro que no todo fueron encuentros casuales. "Cortázar trabajaba en
una exportadora de libros en la esquina de mi casa en París, y venía a
verme para almorzar. Era muy entretenido. Por ejemplo, me decía que le
hiciera una ensalada azul. Yo no tenía idea de qué era eso. Entonces él
tomaba cualquier ensalada y la llenaba de estampillas azules. Hacía todo
el tiempo ese tipo de juegos, en los que yo nunca me sentí a la par.
¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo sabía tan poco! No me decidí a
irme a vivir con él justamente porque quería estudiar. Además, sabía
que él admiraba mucho a Aurora Bernárdez, que estaba en Buenos Aires",
confiesa con un susurro.
"Con mucha discreción", aclara, sus
recuerdos ya fueron publicados en 1999 en un libro que escribió en
alemán, Las casas falsas, y publicado por una editorial de Heidelberg.
¿Usted estaba enamorada?
No lo sabía. Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora vendría a pasar
fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí,
Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la
iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado
Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue sólo al perderlo
que me di cuenta de que lo quería.
Pero usted ya estaba para siempre asociada a él por Rayuela. ¿Se siente identificada cuando lee el personaje de la Maga?
El me escribió diciéndome que había basado su personaje en mí, y nos
pasaban, es verdad, cosas espontáneas como las de la novela. También hay
algunos episodios, como ese en el que encontramos un paraguas viejo en
las calles de París y le damos una ceremonia de entierro, que ocurrieron
más o menos como los cuenta. Pero la Maga es un personaje literario.
¿Cortázar era tan buen mozo como se ve en las fotos?
?Bueno, de chico tuvo un problema en las glándulas que hacía que pasara
el tiempo y se viera siempre igual, sus enemigos le decían Dorian Grey,
como el personaje de Oscar Wilde, porque su aspecto nunca cambiaba.
Tarde en la vida se hizo operar y sólo entonces, por ejemplo, le creció
la barba. Me parece que le costó tanto tenerla que nunca más se la sacó.
Por otra parte, no podía tener hijos. Tuvo otro tipo de hijos, los
libros, pero no de los de carne y hueso, que son los que humanizan. Y él
era demasiado intelectual. Incluso usaba anteojos de joven sin
necesidad, hasta que Aurora lo convenció de que se los sacara?
¿Sintió celos por Aurora?
Nunca sentí celos por Aurora. Más adelante, ellos insistieron en que,
de tanto en tanto, fuese a comer a su casa. Yo era la chica que había
aprendido junto a él. Después de todo, eso era lo que más le gustaba
hacer, por algo en la Argentina había sido maestro de escuela. Pero la
primera vez reconozco que me levanté de la mesa, me encerré en el baño y
lloré. Yo había estado sufriendo sin darme cuenta. Y sé que él estaba
un poco preocupado. Con el éxito que le trajo Rayuela, sabía que un poco
me usó. Y ganó.
"No necesito decirte quién es Edith, vos lo
habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela
traducida por ella? (...) En Rayuela, te acordás, la Maga confundía a
Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea..."
(Carta de Julio Cortázar a Paco Porrúa, extracto, 1964)

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